arte italiano de los años '90
jorge eduardo eielson

Un rápido panorama de la situación artística italiana a principios de los años 90 es, francamente, una tarea imposible. La extrema variedad y fluidez de la creatividad peninsular es tal que sería necesario un entero volumen para tratar de analizarla. Digamos solamente, para comenzar, que hoy día el arte en Italia es objeto de una atención desconocida hasta hace sólo unos diez años. Gracias, sobre todo, a su alto valor de prestigio y pecuniario ciertamente, pero no sólo gracias a esto. Existe, en efecto, un difuso transfert de la imagen mística, del fetiche religioso, o mito inalcanzable, a la imagen dei artista vivo y operante. El vacío existencial y la caída de los valores morales encuentran en el arte de nuestros días -en su tangible presencia cotidiana, en su aparente pureza espiritual- una suerte de salvavidas interior que ninguna otra actividad humana puede ofrecer. Para una sociedad laica, pragmática y desencantada, como la italiana, pero que desde siempre ha colocado el arte en los altares de sus más hermosos templos, o en los salones de sus más espléndidos palacios, el arte es hoy día el pan espiritual obligatorio, que no se puede negar a nadie, y del cual nadie desea privarse. Esto ha conducido, paradojalmente, a una situación, a mi manera de ver, gravísima. Ante semejante mercado potencial, los especuladores no podían quedarse indiferentes y helos en acción desde hace años, tratando de subvertir, muchas veces con éxito, los verdaderos valores de la creación artística (que son milenarios y no se transforman de la noche a la mañana según los caprichos del mercado, sino siempre gracias al genio de algunos creadores). Dichos especuladores lanzan artistas y movimientos con los mismos métodos con que se lanzan nuevos productos industriales. Esta manera de proponer la nueva creatividad -que de nueva tiene muy poco, ya que se trata de reciclajes, revivals, manierismos, citas, o como se las quiera llamar- se conoce como «sistema del arte», es decir la coincidencia de pers onas, circunstancias e Intereses que con fluyen en la valorización de una cierta obra o personalidad.

Este llamado «sistema del arte» está formado por un quinteto así constituido: artista, crítico, galerista, director de museo, coleccionista. Demás está decir que ninguno de estos personajes es rigurosamente indispensable, salvo el artista, aunque, claro está, es también el menos importante de todos, puesto que fácilmente sustituible. En Italia, después del arte povera de los años 60, que fue sin lugar a dudas un movimiento y una actitud renovadora, que ha dado excelentes frutos, agudamente examinados por el crítico Germano Celant; después de estos auténticos artistas cuyos nombres (Kounellis, Merz, Paolini, Fabro, Calzolari, Zorio y otros) hoy son menos conocidos que los transvanguardistas, pero que gozan de un sólido prestigio entre quienes realmente cuentan en el mundo del arte internacional, en Italia, decía, desde entonces lo único que cuenta, salvo raras excepciones, es el «sistema del arte», dentro del cual el arte tout court corre el riesgo de morir asfixiado. Un sólo dato positivo, a mi manera de ver, informa los trabajos juveniles de los últimos años: el retomo a un cierto «orden» que había sido desdeñosamente abandonado por el subjetivismo neoexpresionista. Desgraciadamente, con este retorno, se acentúa más el efecto de reciclaje, sobre todo en el área conceptual y geométrica, en las que el temido déjà vu es más evidente. Contribuye a este estado de cosas la incondicional admiración de los jóvenes artistas italianos por las últimas novedades norte-americanas: la neo-geo de Peter Halley o Philip Taaffe, el agresivo talento de algunas artistas mujeres como Jenny Holzer, Cindy Sherman o Barbara Bloom, la manipulación de objetos industriales, como en el caso de los europeos Reinhardt Mucha, John Armleder, Jean Marc Bustamante, el populismo de Gilbert and George, o el penoso kitsch de Jeff Koons, entre otros. Se podrá objetar que todo esto forma parte de una nueva actitud internacionalista que había sido menospreciada por la transvanguardia, con Bonito Oliva a la cabe za. Y lo mismo se podría decir de la «pi ntura salvaje» alemana que, con la italiana, exaltaban sobremanera el propio genius loci. Esta nueva apertura, en efecto, es más saludable, pero sólo a condición de no aceptar pasivamente las reglas impuestas por el «sistema del arte» internacional. Para los jóvenes artistas el dilema es: producir y vivir cómodamente dentro de dicho sistema (cuando ello es posible, lo cual no es tampoco fácil), o crear y sobrevivir fuera del mismo (lo cual es aún más difícil). El 90 por ciento de ellos opta por la primera solución, y el resultado es esa sensación de inerte conformismo «vanguardista», de chata «originalidad», de fría manipulación y virtuosismo técnico difuso...