el «paisaje infinito» de la costa del perú
jorge eduardo eielson


Durante mi juventud, siempre me intrigó la visión del espacio árido que circunda la ciudad de Lima, que es la ciudad en donde nací. Siempre pensé que semejante geografía nunca habría podido generar ningún entusiasmo óptico, ninguna efusión anímica y, por ende, ningún pensamiento plástico. Y si además esta extensión inmutable aparecía cubierta por esa enorme sábana sucia que los limeños llaman cielo, el dilema se volvía aún más impenetrable.
Sin embargo -y esto lo debo sin duda a mi larga vida europea- lentamente filtrado, dolorosamente pensado, este puro paisaje -porque perfectamente abstracto- terminó por instalarse en mi espíritu como un imperativo pictórico vital. Ello sucedió hacia fines de los años 50. O sea después de haber digerido -en la medida de mis alcances- las mayores enseñanzas del pensamiento visual europeo, desde la gran pintura italiana y flamenca de los siglos XV y XVI, hasta las fundamentales innovaciones del Bauhaus de Weimar y el neo-plasticismo de Mondrian. Sin olvidar Dadá, el surrealismo, Picasso. Ni la gran eclosión del expresionismo abstracto europeo y americano, ni la primera arremetida del «nouveau realisme», suerte de pop-art francés anti-literam. Fue como si yo mismo -o quizás el momento histórico y cultural- estuvieran finalmente maduros para la recuperación de semejante entidad visual y táctil.
Comencé a sentir una falta angustiosa de territorio bajo mis pies. Como si todas mis anteriores invenciones -las primeras de las cuales fueron presentadas en Lima, en 1948, antes de mi viaje a Europa, conjuntamente can las primeras telas de Fernando de Szyszlo, en la «Galería de Lima»- hubieran nacido del aire, es decir de oídas, a partir de otras invenciones, ajenas a mi propia realidad sensible y cultural. Yo no podía -ningún peruano o latinoamericano podía-- trabajar a partir de !as extremas posturas de un pensamiento pictórico, como el europeo. Tenía que excavar por mí mismo en esa dimensión hostil que la naturaleza y la historia me habían deparado y en la que -volente, nolente- había abierto los ojos. Este imperativo se impuso paulatinamente a través de una serie de experiencias en las que el recuerdo mismo comenzó a plasmarse de manera casi primordial y en armonía con su propia mecánica interna: cubriendo la tela de materiales y provocando en los mismos los accidentes que la naturaleza -la erosión, el viento, el calor, la humedad, etc.- provoca en el gran lienzo del desierto. (Por entonces vivía en Roma, y recuerdo que a un amigo que viajaba a Lima le encargué que me llevara, a su regreso, un pequeño saco de arena de nuestras playas. Mi necesidad de «verdad» había llegarlo al paroxismo. Pero creo que no había en ello nada de obsesivo. Cierto es que tras un periodo de varios años de trabajo sobre el mismo tema, el «paisaje» dio origen a la figura humana, rescatada igualmente a través de sus despojos -tales como estos restos de un paisaje vivido en una antigua, imborrable secuencia- es decir a través de sus vestidos, camisas, corbatas, trajes de noche, overalls, etc. Para enseguida quedarme tan sólo con sus elementos más significativos -tensiones de materias textiles sobre espacios desnudos, que más tarde denominé «quipus»...