claudia: el crepúsculo de la diosa
jorge eduardo eielson


Si la mitad de la gente delira por Naomi Campbell cuando aparece en un desfile o un spot publicitario, la otra mitad se inclina ante la desconcertante belleza de Claudia Schiffer. Se inclina como subyugada por un fantasma de cabellos rubios, por la perfección de su cuerpo, modelado por la fitness, el marketing y el bisturí electrónico. Porque la walkiria tecnológica, la Barbie de carne y hueso, anuncia una realidad opuesta a la de Naomi Campbell. En efecto, si ésta es todavía la esencia de la mujer que se proyecta en un incierto futuro, Claudia es ya ese futuro. Su belleza es la belleza que, se produce -quizás como quería Eitler en sus más descabellados sueños- a voluntad. No, Claudia no es todavía la clonaci6n; ni la selección genética en probeta, ni la Venus virtual que se nos viene en vibraciones apocalípticas, pero sí una suerte de replicante en un mundo secularizado que, casi vergonzosamente, fabrica y devora sus propios ídolos. Y no importa si ella es hoy día un ídolo multiforme y multi-uso. Si en la grande o en la pequeña pantalla, en los cartelones gigantes o en las revistas ilustradas, ella es el rostro sonrosado de «L'Oreal» de París, y un poco más allá la muchacha alemana que conduce una BMW con el pulso de Schumacher. Bisnieta de Marlene Dietrich, la suya es la determinación y la sonrisa convertidas en una sublime técnica, en una sola criatura hecha de luces, trajes, cosméticos y movimientos de cisne.
¿Pero quién es Claudia Schiffer, en realidad? ¿Es solamente eso que vemos, eso que admiramos, a veces con estupor, a veces con embarazosa indiferencia? ¿Apenas se aleja del objetivo fotográfico o de la telecámara omnipresente, ella vuelve a ser una criatura de carne y hueso? ¿O es solamente la sombra de sí misma, la aberrante esclava de su propia imagen y de su propia marca? Y cuando regresa a su casa, a su vida privada, después de sus innumerables ocupaciones en empresas, negocios, contratos publicitarios, cinematográficos, televisivos, turísticos, etc. ¿lo hará siempre con la misma expresión aséptica de las fotografías y los desfiles de moda? ¿O se refugiará en los brazos del tecno-mago literario David Copperfield, como el conejo asustado que vuelve al sombrero de copa? ¿Y será un verdadero novio este novio espectacular e inquietante, pariente lejano del conde Drácula? ¿Conocerá la divina Claudia las delicias y las torturas del amor humano? ¿Sabrá qué cosa es una menstruación, un cielo estrellado, un dolor de muelas, un mal incurable? ¿Sabrá que detrás de tantas semillas y yerbas exóticas destiladas en los laboratorios de Colonia y Essen, para la fabricación de pomadas y cremas anti-arrugas, pululan millares de niños hambrientos? Tal vez sí. En toda walkiria hay un corazón secreto que le es vedado mostrar a nadie.
Como en los tiempos de Simon Albig y Ernst Steiner -fabulosos fabricantes de muñecas de porcelana- Claudia es ya el juguete favorito de este fin de milenio, ya no para algunos centenares de privilegiadas muchachitas, como en el siglo pasado, sino para millones de adultos que consumen imágenes polícromas como si fueran caramelos. Porque, así como Naomi encarna la desesperación y la belleza de la raza africana, Claudia es el arquetipo de la europea. Es decir, la moderna alquimia que todo lo convierte en oro. En este caso, el oro del Rhin, la wagneriana doncella salvada por el caballero Parsifal-Copperfield y restituida a las masas adorantes.
Hay, sin embargo, en toda esta magistral operación publicitaria de millones de dólares, en este inquietante ballet de ojos celestes, dientes perfectos y piernas larguísimas, una suerte de suntuosa danza fúnebre, como si algo, alguien, un entero mundo se estuviera muriendo. El vacío de millares de imágenes disparadas por doquier -con el rostro siempre sonriente de Claudia- paradojalmente, virtualmente, la está asesinando. La sensación de pérdida y vacío aumenta día tras día. Y la divina no logra llenar este vacío, porque ella misma es el vacío, la muñeca homologada que todas las mujeres quisieran como hija, y que todos los varones quisieran como novia. No necesariamente como esposa. Así, el esplendor decadente de Claudia nada puede contra la sombra viviente de Naomi. Luz y sombra, nuevamente enfrentadas. La vacía luz de la inteligencia práctica, de la cultura material de Occidente, contra la rica, pulsante sombra de los orígenes. La caída de la antigua diosa de la razón, de la lógica y del cálculo, en aras de la carnalidad triunfante, de las tinieblas de la especie, del misterioso tam-tam que nos llama voluptuosamente para salvarnos del congelamiento del mercado y del computer.


Lundero, suplemento cultural de La Industria, 240
Octubre de 1998