¿cuál es el futuro del arte?
jorge eduardo eielson


Entre los malos entendidos causados por la insólita diversificación de mi trabajo (escritura poética y visual, narrativa, teatro, ensayos, pintura, escultura, instalaciones, performance, acciones, poesía vocal, jazz, investigaciones sonoras, estudios arqueológicos, cinema, fotografía, ciencia y filosofía contemporánea, pensamiento oriental), el más frecuente es aquel que revisa la más o menos escasa visibilidad de mi obra, a pesar del largo curriculum y las varias décadas de residencia en Italia, que considero mi segunda patria. Es evidente que tal forma de actuar -porque ésta es mi naturaleza desde muy joven- puede parecer ante un observador standard como un verdadero manicomio creativo. Pero necesitaría acercarse más y posiblemente adentrarse para darse cuenta, modestamente, pero con una cierta claridad, tout se tient. En consecuencia, no se trata de un singular bazar de ideas, reflexiones y manufacturas artísticas y verbales preparados por un ecléctico touch-à-tout, sino una orgánica meditación de los lenguajes artísticos y sobre su mezcla que, en mis intenciones, debería transformarse en una suerte de metalenguaje. Porque creo que a una verdadera madurez interior, si ésta existe, debe corresponder un núcleo de alta densidad significativa (o nudo polisémico) que restituya al arte -y no sólo al arte- su confusa pero no perdida función. Paradójicamente, esta empresa, aparentemente tan intelectual, estaba (en las sociedades arcaicas y así llamadas «primitivas») en las manos de sacerdotes, magos y chamanes, con un contenido inadmisible para nosotros. No es de maravillarse que se proyecte un retorno a esta posición, aunque filtrada por una vasta red cultural y telemática de nuestra época. Y no es casual si, donde fuere, para algunos, ésta es hoy la vía más prometedora para el próximo milenio.
Por otra parte habría que registrar un dato puramente objetivo, o sea que después de la caída del muro de Berlín, la división económica del planeta entre norte y sur -como antes lo fue políticamente, entre el Este y el Oeste- ha provocado una terrible equivocación, que se podría resumir en la frase: «no es bello lo que es bello, sino lo que es caro». En pocas palabras: hablamos de status. Con la consiguiente inundación de feas obras firmadas por «grandes artistas» reducidos ya a la mínima expresión. Y con la evidente desconfianza y confusión que todo eso crea en el inestable mercado del arte.
Dejemos por ahora un poco de lado los aspectos negativos del sur del mundo -desafortunadamente no edificantes- o déjennos mirar la otra cara de la medalla y descubriremos muchas cosas que no se mencionan, por ejemplo, que en tales pueblos, de costumbres seculares, de religiosidad difusa las relaciones humanas permanecen aún vivas y calurosas; la amistad y el amor llenan la vida de dulzura, tristeza y estupor, el esplendor natural y sus ritmos disminuyen la existencia y la convierten en partícipe directa del misterio de la vida y la muerte. Nada de extraño, por consiguiente, resulta ser que de estos pueblos puedan brotar nuevas formas de arte, quizás, ya en curso y aún no legibles en occidente. O tal vez, simplemente, los chamanes están entre nosotros y no logramos reconocerlos. Lo dicen un filósofo como H.G. Gadamer y un sociólogo como Edgard Morin. Y es en esta perspectiva que, a mi parecer, Italia podría jugar un rol privilegiado, dada su particular posición en el contexto europeo entre norte y sur; entre la rezagada cultura agrícola y el galopante terciario; entre analfabetismo y «pensamiento débil»; entre el provincialismo y la alta moda; entre el viejo humanismo y el multimedia del presente; entre la avanzada investigación científica y la baja cultura televisiva; entre la antigua pobreza y el nuevo bienestar y, más profundamente, entre Oriente y Occidente.
Es natural que semejante país sea un nudo de paradojas e incomprensiones, pero también de infinitos despuntes creativos. Una prerrogativa única que la convierte en inmune, prácticamente, a la temida globalización. Quiere decir aquella suerte de cáncer que se manifiesta ya en algunos países hiper-desarrollados, donde la vida discurre ahora sin sentido, como envuelta por una fría y anónima capa de indiferencia y aburrimiento. ¿Será éste el verdadero rostro de la muerte tecnológica que nos espera a la vuelta de la esquina? Realmente es un riesgo que Italia no corre, en mi opinión*.


Lundero, suplemento cultural de La Industria, 237
febrero de 1998