
El título de esta nota es la paráfrasis de un poema que escribí en Lima hacia 1942 y que denominé
Prosa dulce de las riberas de Italia. Adolescente retardado, casi un niño todavía, entreveía ya mi destino mediterráneo en esos versos que lamían amorosamente las costas italianas. (Confieso no recordar si el poema fue publicado entonces, pues no tengo ninguna copia del mismo). Mi visión arcádica de la península ha persistido desde entonces, por debajo de las vicisitudes de la existencia y de la paulatina mutación de la sociedad italiana, que ha pasado, en pocas décadas, de una economía de base agrícola a una economía industrial avanzada. En este sentido, siempre he compartido con Pier Paolo Pasolini una feroz comprensión del inevitable deterioro humano que dicha mutación habría provocado. Y no podía ser de otra manera en aquellos años 50 romanos que tanto marcaron mi propia existencia. Compartía sus ideas y sus sentimientos, pero no apreciaba sus poemas, que si bien denotaban un lirismo auténtico, me parecían demasiado populistas, con todo lo que ello comporta de retórico y dirigido, sea en el nivel lingüístico que en el propiamente poético. Una poesía, en suma, que volaba bajo deliberadamente, para mejor alcanzar al hombre común. Vano tentativo, pues sus poemas son hoy día muy poco leídos, y no sólo en mi opinión, el aspecto menos significativo de su importante obra literaria y cinematográfica. Conocí a Pasolini en un establecimiento de baños al pie del Tíber, que ambos frecuentábamos asiduamente, durante los veranos de 1953/54/55. Alguien nos presentó e inmediatamente me dijo que era escritor. En una de esas ocasiones me mostró sus poemas y la relativa indiferencia de mi reacción fue suficiente para que nuestra incipiente amistad se enfriara irremediablemente. Naturalmente, yo nunca le mostré mis propios escritos, pero pienso que su reacción habría sido muy parecida a la mía. Poesía aparte, Pasolini fue sin lugar a dudas una personalidad de gran estatura civil y moral, como lo fueron D.H. Lawrence, Henry Miller o Jean Genet, geniales artistas, víctimas de la mediocridad humana, cuya mojigatería ha producido, como era de esperarse, un verdadero tropel de escritores «transgresivos» que hoy día proliferan entre Europa y los Estados Unidos. Pero el, valor de Pasolini -aun si no comparable literariamente con los escritores antes citados- radica precisamente en su profunda vocación populista, que no fue nunca una pose o una actitud paternalista, como ha sido el caso de tantos «intelectuales de izquierda», sino un verdadero élan vital, que lo llevaba a desafiar el
Palazzo, como definía él al
establishment gubernativo italiano, y ponía en peligro su propia labor intelectual y hasta su integridad física. Su homosexualidad se explica, desde este punto de vista, como un aspecto de su revuelta, y no viceversa, puesto que su revuelta era, ante todo, un sentimiento global. Para Pasolini, en efecto, no contaba «il ragazzo di vita» sino «i ragazzi di vita», que es como decir todo un pueblo, toda una cultura arcaica, mediterránea y campesina, cuya más noble matriz habría que buscarla en la poesía pastoral, de virgiliana memoria. Es evidente que el colapso de la civilización campesina no podía dejarlo indiferente, a él que se aferraba a valores en vías de extinción, a una suerte de arcadia factiva que su memoria histórica atizaba siempre, como un fuego sólo aparentemente apagado. Como sucede siempre con los mejores hombres, él era la contradicción hecha carne y hueso, pues si, por un lado, sus ideas lo situaban en el lado izquierdo y más avanzado de la política italiana del momento (sin embargo, desde que fue expulsado del P.C.I. en su juventud, nunca más militó en ninguna otra organización de izquierda), por el otro, no era un secreto para nadie su profundo amor a la familia, encarnado en la figura de su madre, y su devota amistad con un sacerdote que lo acudía espiritualmente en sus momentos de depresión. Es decir, Patria, Familia e Iglesia, las mismas mastodónticas estructuras sobre las que reposaba el odiado
Palazzo. Es verdad, claro está, que contestaba a las instituciones, pero su manera de contestarles era la misma que lo llevó a escribir «El ruiseñor de la Iglesia Católica», poema que denotaba su profunda religiosidad. A este propósito, es innegable que uno de sus mayores aportes al pensamiento religioso ha sido, justamente, el haber sabido iluminar, en clave contemporánea, esa aparente incompatibilidad entre lo carnal y lo sagrado, que tanta significación ha tenido siempre en la historia de la religión católica, y no sólo católica. A distancia de tanto tiempo de la muerte del poeta -considero a Pasolini un verdadero poeta del cine- se puede decir que su mensaje ha sido plenamente recibido. La Italia actual, cínica, opulenta, desencantada, industrializada y urbanizada por doquier, no es sino la completa realización de sus temores, que tanta incomprensión y amargura le procuraron entonces. Pero Pasolini, con toda su capacidad visionaria, no pudo prever que Italia se habría encontrado un día en el centro de las nuevas corrientes migratorias provenientes del sur. Mi pregunta ahora, inquietante y curiosa, es ésta: ¿qué diría él de esos «nuevos bárbaros» que asedian la península? ¿Qué diría de este atentado a la identidad itálica, a la cultura madre mediterránea, nuevamente amenazada por las hordas musulmanas? ¿Cuál sería su actitud para con los numerosos grupos étnicos, culturales y religiosos que hoy tratan de sobrevivir en territorio italiano, lejos de sus miserables países de origen? ¿Qué diría de la hostilidad -y a veces hasta la violencia- de una parte de la población? El amor por la vieja cultura clásica, la necesidad de preservarla ¿no lo habrían enceguecido a él también, como está sucediendo con algunos intelectuales, si no propiamente racistas, ciertamente intolerantes? Y esto sin contar con el posible éxodo masivo de los países del Este, que sería el verdadero peligro para una Europa Occidental siempre apetitosa, a pesar de la fuerte crisis que está frenando su economía, a raíz de la Guerra del Golfo. No sé cuál habría sido la posición de Pasolini en esta circunstancia histórica, que nos ha hecho asistir, vía satélite, a gigantescas mutaciones ideológicas. A las puertas del Tercer Milenio, Italia se ha convertido en una suerte de
Palazzo -para-fraseando la célebre expresión del poeta- que además es una caja fuerte y un estuche repleto de joyas espirituales únicas en el mundo. Más es verdad también que la fortaleza Italia, rodeada de agua por todas partes, menos por una, es considerada el «vientre blando» de Europa y que sus aliados de la Comunidad Económica Europea no cesan de llamarle la atención sobre la oportunidad de endurecer sus leyes sobre la inmigración, ya puestas al día con la reciente ley Martelli. Italia acepta y transige, y toma medidas, a veces justas, a veces demasiado severas, para con los desvalidos del mundo. Memoria histórica (Italia era un país de emigrantes hasta hace poco tiempo), vago sentimiento de gratitud para aquellos pueblos que antes los acogieron sin reservas, justo ejercicio de la democracia o cálculo político, lo cierto es que el problema de la inmigración se ha convertido en uno de los temas fundamentales de la vida peninsular. No sé qué actitud habría tomado Pasolini ante esta problemática, él que no aceptó nunca el maniqueísmo político de izquierda o de derecha. Mi modesta opinión es que, urbana o campesina, industrializada o artesana, cosmopolita o provinciana, burguesa u operaria, septentrional o meridional, rica o pobre, la Italia de siempre sobrevivirá a sus más profundas mutaciones, a sus más altos vuelos, como a sus peores caídas, siempre con una dosis de sano realismo, que es patrimonio de una antigua sabiduría y de un fundamental amor a la vida.
Sí, 253 (1991)