el cuerpo de giulia-no
jorge eduardo eielson


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Unos días después nos instalamos en una pequeña pensión del barrio. Posabas para una revista de modas entonces, pero no parecías dar la menor importancia a ese trabajo. Lo considerabas indispensable para vivir y nada más. Nunca me dijiste qué cosa realmente hubieras querido hacer, aparte de trabajar para vivir. La única vez que te lo pregunté tu respuesta fue definitiva para mí. Acababas de levantarte y me miraste con distracción, te acercaste a mi mesa de noche, cogiste un cigarrillo y lo encendiste tranquilamente. lanzaste una bocanada de humo y te dirigiste al rincón opuesto de la pieza, en donde teníamos el calentador y algunos víveres para el desayuno.
-No tenemos leche -me dijiste-, ¿quieres el café solo?
Yo asentí. Tú, sin mirarme, encendiste el gas, pusiste a hervir el agua y preparaste la cafetera y las tazas. O preparaste la cafetera y las tazas, pusiste a hervir el agua y encendiste el gas. O pusiste a hervir el agua, encendiste el gas y preparaste la cafetera y las tazas. Luego me trajiste el café al lecho y te sentaste a mi lado, sorbiéndolo ávidamente. Terminado el desayuno, sin decir una palabra, encendiste un nuevo cigarrillo, esperaste que a mi vez terminara el café, retiraste luego las tazas y sin lavar nada te acercaste al espejo y empezaste a maquillarte con gran cuidado. Como todos los días. Yo hubiera podido disfrazarme de ti, travestirme de ti si hubiera querido, a tal punto conocía los más sutiles gestos de esa diaria ceremonia. Antes de salir me dijiste que no te esperara hasta por la noche. A las 10, en el café. Tenías que trabajar todo el día. ¿En dónde? En el estudio fotográfico sin duda. Esperé que cerraras la puerta y me envolví otra vez en las sábanas. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas, pero no sufría absolutamente nada. Tuve la tentación de clavarme un alfiler en el cuerpo, pero me faltó coraje para ello. Me arrebujé golosamente en mi propio calor. En el olor de mi cuerpo. En el tacto familiar y velludo de mi piel. En mi respiración y mi aliento pestífero de hombre. Bostecé profundamente. Cerré los ojos en el fondo de la almohada y sonreí: el universo no era sino un inmenso, deslumbrador presente.

Tu Gran Traje de Seda colgado en la pared. Vacío. Tus dos ojos verdes afuera, en la calle. Igualmente vacíos. ¿No me habría equivocado? ¿Cómo sería Giuliano con tu Gran Traje de Seda, con tus cabellos rojos? ¿Cómo serías tú con su camisa, su vestido azul, sus zapatos lustrados? «Janus bifronte», Herma de dos cabezas ¿cuál de los dos me engañaba? ¿Tú con tu pobreza, tu incomprensible sonrisa, tu graciosa delgadez? ¿Giuliano con su gordura, sus millones y sus fábricas? Idénticos los dos. Los mismos ojos verdes traidores. Las mismas ropas inútiles.

¿Para qué vestirnos? Que los elementos, la maleza, las alimañas del bosque destruyeran nuestras ropas. Viviríamos desnudos. ¿Para qué vestirnos? Camisas huecas almidonadas con sacos y pantalones hediondos junto a vestidos de seda vacíos y sostensenos y calzones vacíos. «Encantado señorita.» «¿Habla español?» «¿No?» «Yo hablo un poquito de francés.» «Comme ci, comme ça.» «Bonjour mademoiselle.» «Quel heure estil?» «Allez diner?» «¿Cómo se dice dónde desea ir?» «Où desirez vous aller?» «¡Ah, sí» «¿Où desirez vous aller, mademoiselle?» «¿Está bien así?» «Perfecto.» «À Lapérouse» «Très bien, à Lapérouse» «¿Dónde queda?» «Te lo digo yo.» «J'ai la voiture.» «Par ici, s'il vous plait.»

Giuliano te encendía los cigarrillos. Trataba de sumir la panza. Tú reinabas entre candelabros y terciopelo rojo. El soufflé te hacía llorar. El Möet et Chandon te iluminaba. Tu Gran Traje de Seda caía majestuoso sobre el terciopelo rojo. Giuliano deslizaba deslizaba deslizaba. Sus zapatos lustrados tocaban los tuyos. Tú empezaste a reírte como una niña. Tus mejillas eran llamas. El champagne te hacía bien. Burbujas de ópalo brotaban de tu seno. Giuliano continuaba deslizando. Su dedo meñique acariciaba tu rodilla. Tú lo miraste de improviso. Él sumió la panza de golpe...