
Nada hay de superfluo en la poesía de César Vallejo, como no la hay en la mística cristiana, aunque por razones opuestas: la segunda es la vía elegida para la elevación del alma, que por lo tanto supone el martirio del cuerpo; mientras que la primera, la del poeta peruano, es un descenso al infierno del cuerpo, carnal y social, que supone otro martirio, esta vez el del alma.

Hay en Vallejo, más que un padecimiento físico, personal, individual, un padecimiento anímico, universal. El poeta siente al hombre -a la especie humana- a través de su propio pueblo, a través de la desventura peruana, que hoy es también la desventura latinoamericana y, por extensión, el drama del sur del mundo. Pero este sufrimiento no se reduce tan sólo al llanto de una criatura materialmente oprimida -aunque esta circunstancia sea su núcleo central. No. Vallejo considera el sufrimiento inseparable del hombre. Este sentimiento, necesariamente debía ser compensado por un pensamiento utópico, fraternal, comunitario, gracias al cual la humanidad entera alcanzaría su salvación. Un primer paso debería ser, en este sentido, la redención del pobre sobre la tierra. De allí su adhesión a las ideas marxistas, sus viajes a la Unión Soviética, su apoyo a los milicianos españoles y su inscripción en el Partido Comunista español. Asistimos, por un lado, a un sentimiento existencial, casi kierkegaardiano, que antepone el sufrimiento del alma al del cuerpo; y por el otro a una apasionada adhesión al socialismo internacional, que debería poner fin a las miserias materiales del hombre. Vallejo no ha podido ver con sus propios ojos el fin de la utopía comunista, pero ha sabido diagnosticar la dramática deshumanización de la sociedad actual, que amenaza hasta su propia integridad física. Es pues con el fin de la utopía que su voz se dilata más allá de todo límite social, político, temporal, histórico. Y esto porque su poesía no fue nunca deliberadamente política, en la medida en que no son políticos el padecimiento ni la felicidad humanas. Su verdadero aliento se revela ahora, en toda su grandeza, justo cuando el animal humano, más humildemente que nunca, se confronta con su propio límite. En efecto, si, por una parte, el fin de las grandes dictaduras, de izquierda o de derecha, parece consolidado, por otra parte todos sabemos que el extraordinario progreso alcanzado por la ciencia y la tecnología en los últimos 30 años corre paralelo con un deterioro moral antes desconocido en el mundo occidental. ¿Qué escribiría Vallejo, por ejemplo, de la abyecta, sórdida, violenta realidad de las grandes metrópolis contemporáneas? ¿Qué diría de tanta opulencia material exhibida por una parte, cuando las otras dos terceras partes de nuestro mundo se debaten en la miseria? ¿En dónde encontraría al «hombre nuevo» por él anunciado, sino entre los pobres del llamado Tercer Mundo, en realidad riquísimos de una humanidad en vías de extinción? Imagen emblemática de nuestro malestar actual, el
pathos vallejiano -que es sin lugar a dudas un rasgo atávico de la raza india- es también una visión sincrética de la condición humana, que le llega desde los estoicos y los místicos castellanos, Quevedo y Unamuno, hasta los grandes rusos de fin de siglo. El poeta no ha hecho sino servirnos de guía, de sensibilísima brújula, en este intrincado derrotero de la peripecia humana. Para ello se ha servido de un lenguaje que, por comodidad, continuamos llamando español, pero que ha sido casi completamente inventado, para mejor expresar tan dolorosa sustancia poética. A este respecto, quisiera agradecer a quienes, de manera ejemplar, han sabido penetrar en el universo vallejiano, desde José Carlos Mariátegui hasta Roberto Paoli, pasando por Espejo Asturrizaga, Xavier Abril, André Coyné, Américo Ferrari, Juan Larrea, Julio Ortega, Martha Canfield, José Miguel Oviedo, Luis Monguió y varios otros. No me detendré en el nivel puramente verbal de un fenómeno poético tan complejo. Esta no es la sede, ni tampoco tengo los fundamentos ni la vocación para ello, pero hay dos puntos que desearía señalar, y no se refieren al lenguaje en sí mismo, sino a su probable gestación anímica y cultural. Es evidente, como ya ha sido observado, que tras de la estación modernista de
Los Heraldos Negros, en 1922, con
Trilce, Vallejo inaugura un lenguaje completamente renovado, hermético y audaz hasta lo temerario, que revela claramente su frecuentación de las vanguardias literarias de la época. Es innegable también que dicho lenguaje se cristaliza luego en París cuando, después de largos años de intensa batalla existencial y política, el poeta ya maduro y en plena posesión de sus medios, escribe
Poemas humanos y
España aparta de mí este cáliz. Su expresionismo verbal no es de manera, no es aprendido de la vanguardia artística dominante en aquellos años. Y no podía serlo, ya que el expresionismo alemán era muy poco seguido en París por entonces, donde más bien se disputaban la escena el movimiento dadá y los primeros albores del surrealismo bretoniano. Sin embargo, yo diría que esta secuencia, esta interpretación evolutiva de la palabra vallejiana, no es suficiente, aunque aparezca perfectamente coherente...