
Positano es un pueblecillo de pescadores que sonríe encaramado en la ribera amalfitana, con sus dulces villas y tejados de color bizcochuelo. En Positano, donde el mar se extiende como una túnica añil agitada por misteriosos tritones en celo, en Positano que es el mundo de la contemplación dionisiaca y del furor sarraceno. Positano, antigua residencia de patricios greco-romanos, fue incendiada por los sarracenos en el siglo XIV, reconstruida y sometida luego a la república de los dogos de Amalfi, nuevamente conquistada por los piratas genoveses y redimida por la fuerzas reales de Nápoles, terminó hacia fines del siglo XVII, en la más exquisita colonia residencial de los Borbones napolitanos. Posteriormente olvidada, fueron los turistas alemanes a descubrirla durante la primera post-guerra. En Positano, iba a decir, no hay calles sino escaleras. En Positano no se vive el uno al lado del otro, sino el uno encima o debajo del otro. Por la misma razón, en Positano no se camina sino se sube o se baja, se vuela y se cae. En realidad la vida allí se convierte en un extraño ballet marítimo, en una continua danza durante la cual es necesario comer y dormir, lavarse los dientes y amar, bañarse, tomar el sol, leer un buen libro, beberse una cerveza con los amigos, etc. Durante la danza es muy probable que alguien -un bailarín o una bailarina de fama- se nos acerque y nos ofrezca su luminosa compañía.

Esto es precisamente lo que me ocurrió a mí mientras bebía un café en el único bar nocturno de Positano: un auténtico bailarín y coreógrafo, Leonide Massine y un músico, Igor Strawinsky, charlaban a mi lado, no comprendo por qué, en inglés. Confieso sin embargo que no reconocí a ninguno de los dos hasta que no me fueron presentados por un común amigo, un escritor americano residente del villorío. Mis ojos en realidad no habían sido tales sino para la figulina sonriente de Leslie Caron, encendida y polícroma como un gnomo en la página encantada de Positano. Mi vuelta a la realidad, debo admitirlo, fue mucho más consistente y alentadora de lo que esperaba. La cabeza casi insolente, el viejo gorila miope de Strawinsky me sacudió de mi letargo cinematográfico:

-¿Peruano? -Me dijo- ¿Cómo Ima Sumac?

Y continuó elogiando, a Massine, la garganta tenebrosa de nuestra cantante. Fue el mismo Massine el que me proporcionó el coraje para afrontar a Strawinsky:

-Sólo la he escuchado en grabaciones -respondió- y tengo la impresión de que hay mucho de fabricado en todo ese folklore.

Ni corto ni perezoso me apresuré a añadir, algo excitado:

-Realmente el folklore peruano es muy diferente, y es precisamente la voz de Ima Sumac la menos indicada para expresarlo. Nuestro folklore musical no es sino el compendio trágico de la extrema alegría y de la extrema tristeza del indio del Perú. No existe en él todo ese absurdo pentagrama exotista lleno de chillidos de monos y papagayos y de gruñidos de pumas made in U.S.A. No ha existido jamás en el Perú ninguna tradición de sacerdotisas del sol con la garganta irritada por los dólares o por el micrófono o por las pastillas de clorato...

En este punto Strawinsky se mostró visiblemente molesto y cambió de conversación. Al despedirnos Massine me invitó al día siguiente a su villa, construida en una isla de su propiedad, de frente a la ribera mágica y turbadora de Positano.

Indudablemente fue mi irreverente y acalorada respuesta la que me abrió las puertas a la isla de Massine. Un guardián napolitano y un ejército canino me acogieron y me ayudaron a desembarcar del botecito de alquiler que yo mismo conduje hasta la isla. Massine y algunos invitados, en trajes de playa, charlaban a la sombra de gigantescas higueras. Superadas las presentaciones y pasados los primeros momentos de frivolidad, alguien, precisamente Paulina Alighieri, hurgando en la discoteca del coreógrafo encontró unas viejísimas grabaciones de música china del siglo XV, en versiones portentosamente genuinas de un conjunto pekinés. Paulina no encontró nada mejor que acompañar el almuerzo con tan remota y exquisita música. La reunión, delante de la mesa servida en el jardín, a unos pasos de la roca lamida por el mar y como suspendida de las extrañas notas y silencios de aquella música, adquirió así un tono de irrealidad, de una casi intemporalidad en la que a las delicias de la tierra se unía delicadamente el soplo misterioso y espléndido del alma oriental...