eielson: remontando la poesía de papel / una entrevista
abelardo oquendo


Hasta hace pocos años la obra édita de potas como Martín Adán, Carlos Oquendo de Amat, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen o Jorge Eduardo Eielson era de acceso más bien trabajoso. Agotadas las escasas copias de sus primeras ediciones, había que ir a buscarlas a la Biblioteca Nacional o resignarse a las antologías. Todo conspiraba contra su difusión, inclusive la crítica, que apenas ha ido más allá -en la mayoría de estos casos- de la reseña o la mención elogiosa en panoramas o recuentos. Sin textos fácilmente accesibles, sin estudios, en buena parte inédita o dispersa en publicaciones periódicas más o menos inhallables, la obra de esos poetas -que son de lo mejor de la poesía peruana- logró sin embargo mantenerse vigente y ejercer un magisterio continuo en nuestras letras.
Hoy la obra poética de todos ellos ha sido reunida y reeditada. Pero esas recientes ediciones no han desperezado aún a la crítica, salvo más bien raras excepciones. Ninguna de ellas tiene que ver con Eielson, pese a que su Poesía escrita lleva ya cinco años de aparecida y se trata de una obra cerrada, según declara él páginas más adelante: «Después de Papel era imposible seguir escribiendo tranquilamente libros de poesía». Así, esta entrevista busca en el propio autor algunos derroteros para facilitar el ingreso a sus «reinos subterráneos», a lo que llama «mi verdadera, mi única patria»; es decir, a su poesía. O a esa concreción de la Poesía -para decirlo más a su gusto- que se da en sus poemas; de esa Poesía que lo tocó desde el principio con su gracia y a la que él niega hoy la escritura y puede negar aún las palabras, pero en torno de la cual girará siempre su vida.

A.O.- ¿Qué era la poesía para el autor de Reinos, de tus primeras obras?
J.E.E.- No creo realmente que entonces tuviera ninguna idea de la poesía, ni aún entendiendo esta expresión en su sentido más vasto. Era demasiado joven para ello quizás. Demasiado sensible, sensorial, enamorado de la vida, inocente. La inocencia me impedía tener ideas, tomar conciencia. Entre conciencia e inocencia hay siempre una muralla que la poesía raras veces logra superar. Los poetas demasiado seguros de lo que es la poesía no son nunca buenos poetas. Pero la inocencia no impide la construcción de una poética. Es más, ella es el cemento que sostiene dicha construcción. Los poemas, las palabras, el lenguaje, con los cuales el poeta se va edificando a sí mismo, son por ello y al mismo tiempo, un desafío y una transgresión: como los enamorados y los niños, el poeta rehusa todo acomodamiento o compromiso con el mundo exterior, con la sociedad en que vive. El será poeta tan sólo en la medida en que continúe obstinadamente en esta actitud. No se trata de romanticismo ni de «poetas malditos». Todo lo contrario: es su condición virginal, inocente, la que no encaja nunca en ninguna sociedad organizada. Dicho esto, recuerdo vagamente (¡ha pasado tanto tiempo!) algunos instantes supremos, algunos desmayos, algunas noches centelleantes; algunas visiones crueles, en plena juventud, del tiempo que pasa, de la destrucción y de la muerte; algunas imágenes fastuosas que brotaban de mi alma y me hacían sollozar; algunas horas eternas con el ser amado y otras abandonado a mí mismo, roído por la desventura humana, por el fragor lejano -pero inmediato para mí- de la guerra y sus horrores. La poesía era todo para mí, entonces, como lo es todavía aunque gran parte de la divina inocencia de esos años haya sido devorada por la conciencia.

A.O.- Lo que escribías entonces ¿tenía algo que ver, conscientemente, con tu vida; con tu circunstancia exterior, quiero decir?
J.E.E.- De ninguna manera. A menos que se consideren «conscientes» poemas como «Canción y muerte de Rolando» y «Antígona», que hacen referencia al conflicto europeo que entonces sacudía mi conciencia, como la de los demás hombres. A mi visión de la tragedia, remota en el espacio (en esa época Europa era mucho más lejana e inalcanzable que hoy) yo añadí la dimensión lírica y temporal. Un poco como si estuviera asistiendo a ella por el ojo de la cerradura de la historia y de la poesía clásica y medieval...