la escritura vacia
alfonso d'aquino


1. La tentacion de la inexistencia
Terrible riesgo para la poesía
esta tentación de la inexistencia,
pero riesgo querido...
Marcel Raymond


La escritura de Jorge Eduardo Eielson, como lo ha señalado la mayoría de sus críticos, marca una trayectoria que va, según el italiano Roberto Paoli (1985), «de la palabra escrita al silencio verbal». Ya en sus primeros libros es evidente, junto a su precoz madurez, una incipiente reacción frente a las palabras que, en un lapso de 50 años, ha ido revelándose como una necesidad de abandonar el lenguaje para propiciar en la creación poética la irrupción de un silencio que no sólo forma parte del poema sino que ha llegado a ser, más allá de los vacíos tipográficos, la poesía misma, manifestándose a través de una obra que una vez despojada voluntariamente de sus propios recursos no ha temido salirse de sus límites. Había algo imposible en la escritura, que llevó a Eielson «a una pérdida de fe en la palabra», por un lado; y por otro, al certero convencimiento de que en la poesía lo esencial es lo inefable.
Ello corresponde a una singular relación de este poeta tanto con las palabras como con las cosas y las artes. Relación y percepción, que fueron abriéndose paso en aquella exuberante envoltura de palabras en la que germinaba su poesía, y que se caracterizan por permitirle al artista captar de una forma directa una visión directa, aun cuando esto implique una reducción de los medios expresivos. Vargas Portugal (1991), otro crítico de Eielson, ha señalado el «carácter nomádico: un desplazamiento formal continuo» de la poesía del peruano. A esto sólo añadiríamos que dicho carácter no se limita al panorama -aumentado o disminuido- que muestra cada nueva edición de su Poesía escrita, sino que puede hacerse extensivo, y de hecho lo es, a su vida y a su polifacética actividad artística. Él mismo diría en una entrevista con Roland Forgues (1985): «Accedo, así, a la palabra liberada de su tradición literaria, por una parte, y por la otra, a las imágenes visuales y sonoras aisladas y al mismo tiempo conductoras de un solo y único mensaje poético que se manifiesta a través de varios códigos, a veces entrelazados y a veces deliberadamente contrapuestos».
A partir de esta nueva percepción, que bien podría tildarse de actitud radical, surge toda una serie de modificaciones, enlaces y contraposiciones en lo que Eielson llama «la matriz del acto creativo», donde la coexistencia y la combinación de los distintos lazos de las artes -por llamarles de algún modo- no son una simple imposibilidad metafórica sin consecuencias, sino la condición para obtener una nueva «realidad estética con vida propia». Esta unidad obtenida por omisión y coincidencia va a manifestarse en su escritura de varias maneras: tiene ésta una vivacidad y una movilidad poco comunes, surgidas de la relación entre palabra y forma; el poeta, puesto ahora en una situación que corresponde a un diferente plano artístico, acoge con naturalidad el hecho de que cualquier palabra es poética, de que el poema es también una cosa y de que su labor de crear objetos intangibles se amplifica con la colaboración de la pintura, la música y el gesto; la simultaneidad de las artes crea objetos o mecanismos abiertos a mayores posibilidades de re-creación. Es evidente que no sólo se trata de que «los medios y las formas hagan visible la obra» (Vargas Portugal, op. cit), sino que ésta, múltiple como es y de la cual la «poesía escrita» es sólo una parte, transparenta la imagen clave del enlace que la crea, es decir, su tendencia natural al arquetipo y al silencio en el que surge como una forma cristalina, como una posibilidad de belleza que se repite aun en el plano más restringido de la obra escrita. Y si como dice Eielson (Oquendo, 1981): «El poeta, simplemente, trata de poner en palabras la visión de una totalidad», entonces la representación verbal aparece condicionada por el gesto -«la actitud receptiva»- que la acompaña; mientras más grande es la visión, menos palabras la expresan; a medida que el arte y las artes despliegan su autonomía, el creador se inclina hacia la impersonalidad. Pero una vez que las palabras tienden a desaparecer, ¿qué es lo que se capta fuera de ellas? Y desde allí, ¿qué es lo que transmite una poesía como la de Eielson? Antes que responder, sería necesario determinar en qué consiste «el proceso de desasimiento de la palabra» emprendido por él y que se desarrolla a lo largo de toda su obra escrita...