
Hay aspectos, estados, maneras, alardes de la materia, que merecerían largas meditaciones y estudios, que el pensamiento occidental ha siempre descuidado. Uno de ellos es la transparencia. Claro, es muy fácil analizar un pedazo de vidrio y según la calidad y la proporción de sus componentes -silicato, anhídrido bórico, óxidos de calcio, de potasio, de plomo, etc.- establecer el por qué de su mayor o menor transparencia. Algo semejante se puede hacer con un diamante o un trozo de cristal de roca, y averiguar la razón de su pureza. Pero se trata siempre, precisamente, de razones. Como en los versos de Tennyson y Basho, citados por Suzuki en su célebre ejemplo , el verdadero por qué escapa a la razón y al análisis intelectual. Simplemente, la transparencia es, y no se explica. Como no se explican el perfume de una rosa o la suavidad de una pluma, aun si conocemos sus funciones dentro de la economía del fenómeno rosa o pluma. Otras manifestaciones, como el arco iris, la aurora boreal, la mimetización de las plantas y los animales, la lluvia de piedras y peces, y demás formas conocidas y desconocidas de la realidad natural, han sido motivo de investigaciones científicas que, si bien saciando en parte nuestro apetito de saber, nos han dejado igualmente sumidos en una profunda hambruna y decepción. El hombre contempla los fenómenos naturales como si fueran milagros, porque ellos no son sino la proyección de sus propios sueños. La bóveda celeste, el sol, la luna, las estrellas, son verdades científicas indiscutibles, pero que no cesarán de ser nunca motivo de reflexión y de ensueño para el espíritu humano. Que lo sagrado se manifieste en términos religiosos, filosóficos, poéticos o científicos, no cambia en nada a la fundamental interrogación de un mundo cuya existencia y cuyo sentido se nos escapa. En lo que se refiere a su aspecto puramente mítico-simbólico (animismo, totemismo, idolatría, magia, etc.) de las antiguas poblaciones eurásicas, africanas, australianas y americanas, se trata de formas espirituales que, de una manera u otra, prefiguran las grandes estructuras religiosas que hoy conocemos como Cristianismo, Islamismo, Budismo, Shintoísmo. La dialéctica del pensamiento religioso pasa sin solución de continuidad de las lejanas divinidades celestes de los primeros hombres, a la encarnación de lo sagrado en una piedra, un animal o un árbol, de las sociedades dichas «primitivas», y de allí nuevamente a la cúpula estrellada en busca del Padre, del Verbo, del Nombre (freudiano) de la teoría psicoanalítica. Ningún asombro si la antropología tradicional se pierde en el sinuoso camino que lleva a un supuesto «primordium», de precaria y no controlable evidencia. Después de todo, poco importa que el hombre haya creado a Dios a su imagen y semejanza y que tal punto de llegada no sea sino la proyección de sus propias necesidades interiores (teoría psicológico-individualista defendida por Tylor, Frazer, King, Schmidt), o que dicho resultado sea el fruto de un conjunto de imperativos sociales indispensables para el bienestar colectivo (teoría sociológica sostenida por Durkheim, Malinowsky, el marxismo y, en parte, Lévy-Bruhl). Sea dicho en honor de esos caballeros-que nunca abandonaron sus confortables habitaciones ni sus impecables robes de chambre-que en esos tiempos (sobre todo Tylor y Frazer) cuando la etnografía estaba poco menos que en pañales y los «trabajos de campo» no existían- tuvieron la suficiente curiosidad y amor a la especie para embarcarse en tan copiosas cuanto insólitas y emocionantes tareas. A ellos les debemos -dígase lo que se diga- la fundación de una disciplina que hoy día, aunque con ciertas reservas, podríamos llamar ciencia. Pero, repito, estas suposiciones y divergencias carecen hoy de importancia, puesto que lo que interesa no es el origen de la palabra Dios (ya que ciertamente se trata sólo de una palabra, es decir de un problema de lenguaje) sino de la vigencia de esta entidad en las poblaciones arcaicas y «primitivas» y, por ende, en nuestra propia civilización occidental. Sin embargo, guardémonos bien de atribuir a las llamadas «grandes religiones» una categoría superior y de concebir la historia espiritual del hombre en términos evolucionistas. Nada sería más erróneo. Si, desde varios puntos de vista, el mito y la ciencia nos procuran una descripción del mundo muchas veces equivalente, es también cierto que la famosa selección natural darwiniana no prospera en absoluto en el terreno espiritual. Lo imaginario obedece a leyes que la naturaleza no conoce. Baste pensar que actualmente existen, diseminados sobre la faz de la tierra, sistemas religiosos y mitológicos que aún practican, casi sin alteraciones, los arcaicos ritos mágicos de la fertilidad, la iniciación y la muerte. Que tales costumbres pertenezcan a sociedades igualmente arcaicas, que han sobrevivido al margen de la historia occidental, debido a su alejamiento geográfico, no cambia en nada los términos de la cuestión: ellas alcanzan, aunque con técnicas diferentes, los mismos niveles de elevación y perfección extática de las ya nombradas religiones mayores. Se podría decir, pues, que desde sus orígenes la especie humana lleva consigo una suerte de núcleo espiritual inmutable que atraviesa tiempo y latitudes sin jamás perder de vista una meta que es, al mismo tiempo, parte integrante de su naturaleza. Trascendencia o nostalgia del Paraíso, retorno a las regiones edénicas o simple aspiración a un futuro dichoso, poco importa. La religión y la magia acompañan la marcha del hombre sin renegar de sus orígenes y constituyen un territorio firme, contrapuesto a las incesantes transformaciones causadas por la avanzada tecnológica. Si es verdad, como lo prescribe la tradición hindú, que la humanidad se encuentra hoy en el Kali-Yuga, época oscura o fin de un ciclo cósmico, a mayor razón nuestras facultades interiores deberían mostrarse más aguerridas y dispuestas a combatir las fuerzas disgregadoras del «exterior», aun si ello estimula la proliferación de nuevas sectas y «religiones» que no hacen sino aumentar la confusión. Pero la necesidad de «trascender la materia» es hoy día tan fuerte como hace millares de años, cuando de un aerolito, una piedra caída del cielo, se hacía una divinidad. La diferencia es puramente formal. Por ejemplo, ¿cuál es el verdadero sentimiento que anima a los sabios y científicos que estudian durante años, con auténtica veneración, los materiales celestes captados por las sondas espaciales? ¿Y cuál es el resorte que los empuja a explorar con todos los medios a su alcance, los actuales límites del universo, de la misma manera que otros lo hacen en el extremo opuesto de lo infinitamente pequeño? La famosa «sed de conocimiento» no es sino una frase retórica, cuando no una fácil coartada. Ni lo que habitualmente se define como la «natural propensión del hombre a dominar el mundo en que vive» implica en absoluto una paralela desacralización de ese mismo mundo (Además, tal propensión carece de sentido en otras religiones, como el Budismo, para el cual la dualidad naturaleza/espíritu no existe. Ninguna necesidad de dominio puede nacer del equilibrio de las partes, si tales partes forman una pura y simple unidad). Es evidente que cuando el occidental reafirma con orgullo, y hasta violencia, su absoluta confianza en la razón y la «objetividad» de la ciencia simplemente está defendiendo una vocación y una fe irracional que él mismo no puede explicarse...