luz y transparencia en los tejidos del antiguo perú
jorge eduardo eielson


La primera vez que tuve entre las manos un tejido precolombino, había apenas cumplido veinte años, pero la emoción que me provocó aún no se ha desvanecido. Se trataba de una «tela pintada» de Chancay (una cultura tardía de la Costa Central de Perú, sometida por los incas y los españoles entre el 1200 y el 1500 d.C.) de unos dos metros de largo por uno de ancho, y representaba un grupo de personajes con cabezas-trofeo, serpientes bicéfalas, aves marinas y otros elementos abstractos. Todo el lienzo estaba pintado con sólo cuatro colores: rojo cinabrio, ocre amarillo, castaño y marrón oscuro. El resultado era una suerte de rito de la primavera, una entusiasmante proliferación de criaturas solares que parecían generadas por los mismos rayos del sol, tan inclemente en esa región. El pigmento natural integrado a la gruesa trama de algodón crudo, el ritmo de la composición, la felicidad y frescura de las invenciones, el significado cruento -la celebración de sus dioses, sus frutos, sus animales y sus muertos- todo contribuía a hacer de esta sencilla tela uno de los más altos momentos del arte precolombino, y del arte en general. Pero otras emociones me esperaban todavía, a medida que descubría la gran textilería peruana: la pintura de Chavín, los mantos bordados de Paracas, las telas de Nasca y Wari y, finalmente, los encajes de la misma Chancay.
Para comprender mejor estos últimos es imposible no comentar aquí, aunque sea muy brevemente, la pintura de Chavín, una cultura madre y fundadora, de cuya matriz proviene casi toda la iconografía religiosa del Perú antiguo. Se trata de creaciones insólitamente maduras en una cultura primigenia, como es el caso del Formativo chaviniano, que los arqueólogos sitúan alrededor de 1500 a.C. El mismo sentimiento -presente en todo su arte lítico y en la cerámica incisa y escultórica- aparece en estas telas repletas de fervor cósmico, casi completamente cubiertas por un riguroso arabesco, o laberinto, en el que, en diferentes grados de abstracción, aparecen los omnipresentes temas del dios-jaguar, el dios-pájaro o el dios de los báculos. Obras nacidas de la más íntima raíz religiosa, ellas no parecían dirigirse tan sólo a los hombres y se diría más bien que fueron pintadas para dialogar con los dioses.
El pasaje de la austera pintura de Chavín a las suntuosas telas bordadas de Paracas, cultura que se extiende desde el siglo IV a.C. hasta el IV d.C., es uno de los más fascinantes procesos de la textilería pre-incaica. Esta evolución, que por una parte refleja la decadencia del influjo chaviniano en favor de un estilo regional, conserva, sin embargo, parte de la iconografía de sus predecesores. Es además en este período que los tejedores de la costa incorporan la lana de auquénido, de origen andino, en sus creaciones (notablemente en los bordados, aplicados sobre tela de algodón), haciendo uso de una riquísima y brillante paleta textil, que hasta hoy se puede apreciar en todo su esplendor, gracias a la providencial aridez del litoral peruano. Si bien es necesario subrayar que desde un punto de vista eminentemente artístico -motivación principal de estas líneas- las mayores realizaciones de esta textilería pertenecen a las culturas de Paracas, Nasca y Wari, es, sin embargo, el arte del encaje y de las gasas de Chancay el que seguramente marca su último, precioso hito. Algo así como un golpe de ala final, una verdadera apoteosis del algodón puro y de la manualidad triunfante. Los tejidos exclusivamente de lana, mientras tanto, serán privilegio de la cultura y la tecnología inca, que hará uso masivo de dicha artesanía y que, a la llegada de los españoles, en 1535, se habrá convertido en un importante instrumento de ordenamiento económico y social en manos del emperador, conforme lo atestiguan las crónicas de Bernabé Cobo, el Inca Garcilaso, Pedro Pizarro y otros...