cerdeña, paraíso de piedra y silencio [1988]
jorge eduardo eielson


La primera vez que visité la isla de Cerdeña fue en la primavera de 1963, y fue una suerte de fulguración, semejante a mi llegada a Roma muchos años antes. Desde entonces no dejé de volver a la isla todos los veranos, y hasta una parte de la primavera y el otoño. Pocos lugares de la tierra poseen tanto esplendor natural, unido a un pasado histórico tan rico y complejo. Sus orígenes geológicos son, además, de una antigüedad que antecede la del mismo continente europeo. Cerdeña es considerada el más venerable peñón del Mediterráneo y ello es patente a ojo desnudo en el aspecto exterior de su territorio. La majestuosa proliferación de grandes rocas de granito blanco, pórfido rojo y basalto volcánico, nos hablan de una ascendencia que se remonta al Terciario y que, con la ayuda de la erosión, ha modelado un verdadero jardín de cíclopes. La emoción que suscitan estos bloques de piedra labrada por el tiempo es superior a todo lo que la escultura, antigua y moderna, es capaz de ofrecernos. Las rocas surgen por doquier, contra el cielo perennemente añil, se yerguen sobre la superficie transparente del mar, estallan en miles de formas y matices en las laderas de las montañas o las llanuras abrasadas por el sol. Pero, entre tanta austera explosión del planeta, a modo de verdaderos oasis, he aquí la dulzura de los viñedos, olivares y campos dorados de trigo; he aquí los puñados de ovejas diseminados en los montes y lugares umbrosos; he aquí los remansos de agua fresca, los arroyos y cascadas que se precipitan entre las rocas ribeteadas de fragante menta y laureles en flor; he aquí las innumerables playas y ensenaduras de arena blanquísima sombreadas por arcaicos ginepros, pinos y retamas de flor amarilla y perfumada, ante un mar de cobalto líquido. Mar de mares, mítico mar de los dioses, padre Mediterráneo cuyo baño es bautismo, ablución, agua sagrada de la historia. El alma no resiste a tanto esplendor y se arrodilla en el más completo silencio: el Sardus Pater y la Mater Mediterranea son también nuestros antepasados y su estirpe y sus raíces penetran en la misteriosa civilización de los nurágicos que se remonta a unos 2000 años antes de Cristo.
Los nuraghi, construcciones cónicas de piedra, diseminadas por centenares en toda la isla, y otras extrañas construcciones denominadas domus de ianas, son los únicos restos arqueológicos de ese periodo, unidos a los bellísimos bronces de la misma época, que tanta influencia han ejercido en la escultura contemporánea, sobre todo en Picasso y Giacometti. Es alrededor del siglo VII A. de C. que los fenicios fundan la ciudad de Tharros, cuyas ruinas se aprecian en la actualidad. Cerdeña cae más tarde en manos de los cartagineses y los griegos y finalmente es absorbida por el Imperio Romano. Las vicisitudes de la isla vuelven a presentarse más adelante, al rayar el Medioevo, cuando las Repúblicas Marineras de Pisa y Génova se la disputan a los sarracenos, que pretenden el dominio total del Mediterráneo. Con la donación que hace el Papa Bonifacio VIII de la isla a la corona de Aragón comienza el periodo español de Cerdeña (la ciudad de Alghero detenta hasta hoy una minoría étnica catalana con pretensiones independentistas), que luego pasa a los franceses, y de éstos a los Saboya, hasta su definitiva incorporación a la República italiana...